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24
Abr

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Una alumna del Experto en Coaching Educativo e Inteligencia Emocional nos cuenta su experiencia

Mi paso por el curso de Experto en Coaching Educativo e Inteligencia Emocional ha sido, sin duda, una catarsis en mi funcionamiento y paradigmas como madre, como psico-pedagoga y profesora de inteligencia emocional.

Puedo decir que este curso: ¡Ha sido un despertar!

La primera reflexión que realicé cuando finalicé los módulos del curso del Experto en Coaching Educativo e Inteligencia Emocional fue que, en los últimos meses, se habían sucedido un sinfín de circunstancias en mi vida personal y profesional que habían desembocado en una excelente “puesta en práctica” de todo lo aprendido.

Parecía como si, por arte de magia, las actitudes de mi entorno, de mis alumnos y en especial de mis hijos, girasen hacia aquello que pretendía trabajar esa semana… o no; también podría ser que era mi actitud la que daba un giro hacia esas estrategias aprendidas, que la observación y la toma de conciencia de mis comportamientos ponía de manifiesto ciertas actitudes que estaban ya allí, esperando a ser modificadas y ayudar así a mi propia evolución.

Así observé durante el curso de Experto en Coaching Educativo e Inteligencia Emocional esa realidad manifiesta, que nuestros hijos y/o educandos son un mero reflejo de nuestro yo, que ellos son los verdaderos maestros; que han llegado a nosotros a colaborar en nuestra evolución, igual que nosotros lo hicimos con la de nuestros padres y/o educadores; que es nuestra responsabilidad trabajar en la búsqueda de esa transformación que supondrá un cambio en nuestro entorno.

Esta verdad es, en mi opinión, de las más reveladoras y trascendentes que podemos transmitir a los padres y educadores. Por lo tanto, se convirtió en la temática de mi investigación personal.

Como apuntes finales, citaré una espléndida reflexión del libro: Tu hijo, tu espejo:

“Ser padre es una aventura que no termina, somos padres hasta el fin de nuestra vida y hasta entonces seguiremos proyectando necesidades, sentimientos y toda clase de características propias en nuestros hijos.

Esperar que no nos vuelva a suceder sería como esperar que dejemos de ser humanos.

No se trata entonces de que no nos suceda, sino de ser conscientes cuando nos está sucediendo, porque sólo así podremos hacer algo al respecto.

Y allá arriba siguen brillando las estrellas, sigue saliendo cada mañana el sol, las plantas floreciendo y el mar fluyendo.

Tú decides si abres tus oscuras  y pesadas cortinas para ver las estrellas en la noche, dejar que el sol entre en el día ver las flores y contemplar el mar.

Tú decides si además abres la puerta y sales y dejas que el sol entibie tu cuerpo frío; que el mar toque y humedezca tu piel seca; que el aroma de las flores te perfume y que las estrellas te inunden de paz y fascinación.

Tú decides si lo ves pasar sólo como espectador o te integras y te conviertes en actor.

Todo está ahí, esperándote, como siempre estuvo y como siempre estará”.

Ana María P. V.

 

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